Feminización del Fenómeno Migratorio

En el mensaje para la Jornada Mundial de las y los migrantes y refugiadas/os, del 15 de Enero del 2006, S.S Benedicto XVI utilizó los términos ”feminización del fenómeno” al referirse a la migración forzada de las mujeres a causa de motivos económicos. Dentro de los contextos de las migraciones nacionales e internacionales, permanentes o estacionales, económicas o políticas, voluntarias o forzadas, las mujeres aparecen hoy entre las poblaciones migrantes más vulnerables.
Cada vez son más las mujeres que se mueven dentro del territorio nacional en busca de mejores condiciones de vida. Algunas buscan escuelas o universidades para estudiar y alcanzar una profesión. Dejan sus parcelas, sus comunidades para viajar a las grandes ciudades. Otras van huyendo de la extrema pobreza o de los desastres naturales. Hijas y madres desplazadas en su propia patria buscando seguridad y bienestar.
Por otro lado, las mujeres, en un mayor número y no solo para acompañar a sus esposos, sino de forma autónoma, se atreven a cruzar las fronteras desafiando un sinfín de riesgos y peligros. Motivadas por el celo natural de vivencia y sobrevivencia, las mujeres despliegan con valentía las alas para recorrer tramos inhóspitos y no pocas veces desalentadores.
Las ofertas laborales para los millares de mujeres migrantes expertas en sobrevivencia son, entre otros: los quehaceres domésticos, la asistencia a los ancianos, la atención a los enfermos, el trabajo en el campo, los hoteles, restaurantes y hospitales. Es sabido, que, mujeres adultas así como jovencitas e incluso niñas son ¨tratadas¨ como si fueran esclavas para el trabajo mal pagado, y forzadas o violentadas a involucrarse en la sola objetivación de sus cuerpos.
Triste es notar que cuando en los pueblos llamados nativos, naturales, indígenas, aborígenes u originarios, solo los hombres emigraban, ahora cada vez más y más mujeres están dejando sus comunidades. Victimas de exclusión total, primero por ser mujeres y luego por ser indígenas estas mujeres son obligadas a emigrar, dejar la comunidad familiar e incluso al despojo de sus vestiduras típicas al momento de emigrar.

No solo son víctimas de las injusticias y de la violencia pasiva y activa en su lugar de origen sino también en el transcurso del camino y en los lugares de llegada.
Ellas, las mujeres adultas, adolescentes y niñas asaltadas, en busca de refugio, violentadas, retenidas, secuestradas, deportadas, asesinadas… muestran, desmantelan y desenmascaran los discursos demagógicos y la poca eficacia de los estados para favorecer y brindar un ambiente social que permita y favorezca el desarrollo físico, económico, cultural, espiritual y moral de los y las habitantes. Ellas con sus sueños desgarrados se convierten en grito que denuncia y demanda justicia.
No se ignoren las múltiples riquezas y los aspectos esperanzadores que las mujeres migrantes han logrado alcanzar. Ellas, protagonistas de esperanza, son quienes en sus tareas diarias muestran su valor como líderes, educadoras, gestadoras de nuevas realidades en los campos de la salud, educación, política, ciencias sociales, naturales y de las comunicaciones. Mujeres algunas de ellas refugiadas que ahora ayudan y asesoran en trámites y procesos de refugio.
La iglesia contempla con los ojos de Jesús el sufrimiento de las mujeres migrantes violentadas. Jesús, quien se conmovía ante el rechazo, desprecio, maltrato, llanto y exclusión de las mujeres, nos enseñe, a quienes nos decimos cristianos, a ser fermento y promotores de justicia a favor de las mujeres migrantes.
Todos, pero sobre todo los cristianos, estamos llamados a manifestar nuestro compromiso en favor del trato justo a la mujer migrante, del respeto a su feminidad y del reconocimiento de sus derechos. Estamos llamados a condenar toda manifestación de violencia y maltrato, explotación y exclusión de las mujeres. Estamos obligados a gestionar, promover y hacer valer leyes y condiciones que garanticen la justicia que trae como fruto la paz.
Son muchas las mujeres y muchos los hombres quienes creemos que el esfuerzo común logra transformar la cultura de muerte, violencia y angustia en una cultura de vida, paz y esperanza.

Juan Luis Carbajal Tejeda cs
Pastoral de la Movilidad Humana CEG.
Marzo 2012