Palabras de Apertura del Seminario Latinoamericano y Caribeño sobre Migración y Tráfico de Personas

p1220200Estimados Hermanos y hermanas sean todos bienvenidos al Seminario Latinoamericano y Caribeño sobre “Migración, Refugio y Trata de Personas” que hemos organizado el Departamento de Justicia y Solidaridad del Consejo Episcopal Latinoamericano, siempre en alianza con CARITAS América Latina y el apoyo solidario de CAFOD y CRS

Nos hemos dado cita en este hermoso paraíso de la tierra hondureña, acogidos por la generosidad de Pastoral Social CARITAS de Honduras, 50 discípulos misioneros provenientes de 20 países de América Latina, junto con hermanos de Estados Unidos y Europa.

Hemos sido convocados para juntos escuchar el clamor y el sufrimiento de los hermanos y hermanas que se han visto obligados a Migrar de sus países, de los que están en condición de Refugiados y de las víctimas del tráfico de personas y nuevas esclavitudes.

Queremos iluminar esa dura realidad a la Luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia, especialmente del Papa Francisco, que nos estáurgiendo a ser una Iglesia en salida Misionera, pobre para los pobres, que muestre el rostro misericordioso de Dios a la humanidad, especialmente a quienes viven en las periferias humanas y existenciales, a los desechados, a los últimos.

Pero de manera especial, como expresión concreta de la espiritualidad de Comunión, hemos venido a trazar juntos caminos que nos permitan como Iglesia latinoamericana, prestar un mejor servicio pastoral a los hermanos y hermanas en las diversas dimensiones de la Movilidad Humana.

Queremos como fruto concreto de este seminario dar los primeros pasos para tejer una red de solidaridad, un espacio de articulación de esfuerzos y de realización conjunta de programa y procesos.

Se trata de alcanzar la unidad en la diversidad al servicio de los migrantes, los refugiados, los itinerantes, los nómades, las víctimas de trata de personas, de quienes en pleno siglo XXI son vendidos como bestias, esclavizados de forma inhumana y cruel.

Durante su visita a México El Papa Francisco eligió visitar San Cristóbal de las Casas, Chiapas, para encontrarse con el mundo indígena. Pero además se trataba de la frontera Sur de México, muy cercano a Guatemala, a donde muchos hermanos centroamericanos pudieron acudir a verlo.

También eligió visitar Morelia, Michoacán, en un estado grandemente expulsor de migrantes. Pero particularmente me interesa traer a esta mesa la experiencia de la Misa que celebró en Ciudad Juárez, justo en la frontera con los Estados Unidos por el Paso, Texas. Su presencia en ese lugar fue en sí mismo un gran mensaje para el mundo de las migraciones, e intentó dirigirse a las iglesias y a los Estados de ambos lados de la frontera.

El Santo padre hizo una oración por los que han perdido la vida en su intento por llegar a un lugar que les promete mejor calidad de vida. Luego, dentro de su homilía, señaló:

“No podemos negar la crisis humanitaria que en los últimos años ha significado la migración de miles de personas, ya sea por tren, por carretera e incluso a pie, atravesando cientos de kilómetros por montañas, desiertos, caminos inhóspitos. Esta tragedia humana que representa la migración forzada hoy en día es un fenómeno global… Esta crisis, que se puede medir en cifras, nosotros queremos medirla por nombres, por historias, por familias. Son hermanos y hermanas que salen expulsados por la pobreza y la violencia, por el narcotráfico y el crimen organizado”.

La inmensa mayoría de los migrantes, no salen de su país de buena gana, sino que lo hacen generalmente  con la tristeza de verse constreñidos a abandonar a sus familias, tratando de escapar de la miseria y de la falta de oportunidades.

Migraciones humanas siempre las ha habido y siempre las habrá, pero cuando se dan de una manera tan multitudinaria, por tantos años y afrontando tantos riesgos, esto denota graves problemas estructurales en la vida política, económica y/o social en una región.

Los países latinoamericanos, en su mayoría, expulsan a miles de sus ciudadanos porque no pueden ofrecerles oportunidades de una vida digna, y de un trabajo suficientemente bien remunerado.

Más grave aún, en los últimos años, es la realidad de los que huyen de sus países de origen, no solamente por la tremenda pobreza que los agobia, sino por la amenaza que pesa sobre sus vidas, de parte de bandas criminales, sin encontrar en su país la seguridad de quien los proteja y los cuide.

Por eso se explica que mucha gente, incluyendo mujeres y niños, salgan a la aventura, a pesar de que en el camino hay múltiples riesgos de secuestro, robo, toda clase de abusos y hasta la muerte, porque quedándose en casa tienen la muerte segura, mientras que saliendo tienen algunas posibilidades de sobrevivir a los peligros del camino.

En los diferentes países latinoamericanos se ha desatado como una especie de fiebre  de corrupción de la clase gobernante, que va sumiendo a los pueblos en una pobreza que crece a pasos agigantados. Muchos gobiernos llegan al poder gracias al apoyo económico del crimen organizado, y luego, al llegar al poder, quedan comprometidos para dejar actuar impunemente a los criminales.

Poco puedo decir sobre la realidad de los países europeos,  a donde llegan tantos sudamericanos en busca de una nueva vida, más digna. Pero todos sabemos de la gran crisis migratoria que enfrentan los países europeos con la llegada de cientos de miles de personas desde los países en guerra como Siria, naciones paupérrimas del África y vecinos europeos fuera de la Unión Europea como Kosovo.

Pero de los Estados Unidos todos somos conscientes de que, a mayor fuerza expulsora de los países latinoamericanos en los últimos años, mayor aún fuerza de repulsión por parte de las autoridades migratoriasnorteamericanas.

Con una reforma migratoria que no acaba de ser discutida, y cuyas promesas a favor de los migrantes parecen enardecer las actitudes antiinmigrantes ahora incluso se ha vuelto el tema principal de uno de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, que viene capitalizando en su campaña los sentimientos raciales y antiinmigrantes, anunciando, entre otras cosas la edificación de un gran muro, cuyo costo sería endosado a México.

Estas fuerzas opuestas, expulsión y repulsión, no han frenado el intento de miles y miles de hermanos y hermanas nuestras que no tienen más opción que enfrentar los riesgos.

Asimismo, la sociedad de todo el continente americano, tiene actitudes diversas ante los migrantes. Lamentablemente, la inmensa mayoría de la gente es indiferente a estos hermanos nuestros, mientras no tienen a un familiar o ser querido en esta situación.

Otros miembros de la sociedad no comprenden a los migrantes y simplemente los critican por abandonar su país de origen. Finalmente, otros miembros de la sociedad, independientemente de su religión o credo, son sensibles a las necesidades de los migrantes y se esfuerzan por ayudarlos en el camino.

Para atender y dar soluciones reales al problema migratorio, es urgente que cada país expulsor se esfuerce por superar las grandes injusticias y miserias que viven sus respectivos pueblos, buscando una mejor distribución de la riqueza, y, sobre todo, ofrecer a todos las oportunidades de trabajo bien remunerado.

También es urgente un serio combate a la corrupción, para que la riqueza de cada país rinda a favor del pueblo. Igualmente urge atender la educación de niños y jóvenes y luchar contra la drogadicción que enajena y lleva al crimen, como en un círculo vicioso.

No puedo dejar a un lado en esas palabras de apertura de nuestro Seminario un sentido reconocimiento a la labor de Iglesia con la Pastoral de Migrantes, los programas de ayuda, la asesoría legal, las casas de refugio y todas las acciones de protección a los niños y enfermos migrantes, que llevan adelante varias congregaciones religiosas

De igual manera hemos de tomar en cuenta toda la acción de la Pastoral Social CARITAS en Latinoamérica, buscando, a través de la ayuda asistencial ,de la promoción humana y de la incidencia polìtica, evitar lo más posible la salida de los países de origen, y el apoyo a quienes quedan en casa para comunicarse y, si fuera posible, reencontrarse con quienes se han alejado.

Lo mismo hacer presentes a los obispos latinoamericanos que hacen visitas, al menos una vez al año, a las colonias de sus fieles que han emigrado a alguna ciudad norteamericana. Del mismo modo hay que reconocer a las comunidades religiosas que han hecho opción por ubicar algunas de sus hermanas en el ministerio de los emigrados.

No podemos olvidar que el trabajo a favor de los migrantes muchas veces es compartido con cristianos de otras iglesias, que, sin proselitismo, conviven con los católicos que sirven a los migrantes. La Pastoral de los Migrantes y en general toda la Pastoral social, suele ser un campo propicio para el ecumenismo, pues no se busca dialogar sobre la fe, o de llegar acuerdos, sino de poner en práctica juntos la caridad.  En este seminario tendremos también un espacio para vivir la unidad entre diversas confesiones religiosas

Una vez más acudo a la Palabra profética del Papa Francisco quien en su mensaje en ocasión de la Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados de este año afirmó:

“En nuestra época, los flujos migratorios están en continuo aumento en todas las áreas del planeta: refugiados y personas que escapan de su propia patria interpelan a cada uno y a las colectividades, desafiando el modo tradicional de vivir y, a veces, trastornando el horizonte cultural y social con el cual se confrontan. Cada vez con mayor frecuencia, las víctimas de la violencia y de la pobreza, abandonando sus tierras de origen, sufren el ultraje de los traficantes de personas humanas en el viaje hacia el sueño de un futuro mejor. Si después sobreviven a los abusos y a las adversidades, deben hacer cuentas con realidades donde se anidan sospechas y temores”.

La iglesia del cielo también se preocupa por los migrantes. Pienso particularmente en Santo Toribio Romo, mártir mexicano de la guerra cristera, que en vida escribió una obra teatral sobre los migrantes, y ahora muchos migrantes, centroamericanos y mexicanos, dicen haber recibido su ayuda en el camino, cuando estaban a punto de desfallecer.

Y, por supuesto, pienso en Ntra. Sra. de Guadalupe, que acompaña en su camino a tantos migrantes de América Latina y el Caribe.

Que nuestra madre María, que también vivió la dura experiencia de ser migrante, nos acompañe en la misión de construir una cultura de la vida, la acogida fraterna y el encuentro.

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

Presidente del Departamento de Justicia y Solidaridad del CELAM