Reflexion Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, osa. Encuentro Regional PMH

Mons. Ulloa

Su Excelencia Mons. Angel Casimiro

Obispo de la Diócesis de Alajuela y Coordinador de la Comisión Episcopal  de Migrantes en Costa Rica

Señores Obispos

Ing. Juan Planells Rector de la Universidad Católica Santa María La Antigua

Sus Excelencia Señores Embajadores

Queridos hermanos:

Vaya nuestro  saludo   afectuoso  y fraterno a  todos los asistentes a este encuentro, les expresamos nuestra admiración y gratitud porque ustedes son  la mano larga   con que nuestra  Iglesia toca cada día la carne llagada de  Cristo en los pobres, como  le gusta decir  a nuestro Papa Francisco.

El trabajo, la reflexión y la toma de posturas en común,  que vienen realizando entre las  diversas organizaciones  eclesiales que trabajan con especial preferencia  en el campo socio-caritativo, ha  sido un signo elocuente  de fraternidad y de comunión eclesial. Por eso estamos convencidos que mantener  un discurso  común contribuirá  más eficazmente a  hacernos oír,  y sensibilizar  a nuestra comunidades  en  la defensa  de los derechos de refugiados e inmigrantes y  a avanzar en el cultivo de la cultura de la acogida  e integración  de estos hermanos. 

El  Mensaje del Papa, que,  este año,  tiene como música  de fondo la misericordia: “ Acoger el abrazo del Padre para que, a su vez,  nuestros brazos se  abran  para estrechar  a todos, para que todos se sientan “en  casa” en  la única  familia  humana”, nos ayuda a enmarcar este encuentro.

“Todos los días, dice el Papa,  las historias dramáticas  de millones de hombres y mujeres  interpelan a la Comunidad Internacional, ante  la aparición de crisis humanitarias  en muchas zonas del mundo“.  Ha sido admirable  la generosidad con que  las organizaciones  de nuestras  Iglesias  han  respondido a la llamada del Papa para la acogida de refugiados.  También  ha sido muy generosa la respuesta por parte de la sociedad civil. ¿Estamos dispuestos a ir haciendo efectiva y cercana esta generosidad tanto  para los inmigrantes que ya están entre nosotros como para quienes puedan venir especialmente cuando terminen los tiempos de la primera acogida?  Debemos facilitar entonces  la integración y la cohesión social

El Santo Padre recuerda el derecho de toda persona a vivir con dignidad,   y proclama, en consecuencia,  tanto el derecho a no tener que emigrar como el de emigrar, así como la obligación de solidaridad  entre las personas y las naciones. También habla de  la hospitalidad que posibilita un enriquecimiento compartido. Como dice el Santo Padre “la hospitalidad de hecho, vive del dar y del recibir”. Estas dos palabras “Hospitalidad y Dignidad”, las queremos subrayar también  desde las Iglesias que peregrinan en cada uno de nuestros países. Y que  ambas sean el marco adecuado para  reconocer, proteger y defender todos los derechos de los emigrantes y refugiados. Queremos estar ahí,  cuando se requiera nuestra ayuda a los refugiados,  pero queremos estar ahí  ya, como  muchos venís haciendo,  junto a otros solicitantes de asilo  o  migrantes que,  a veces, vagan  sin rumbo por nuestras calles y plazas.

Los flujos migratorios, como nos recuerda el Papa, son una realidad estructural. Por eso, nos invita, tras superar  la fase  de emergencia, a una profundización para entender las causas que desencadenan las migraciones, así como las consecuencias  que  de ellas se derivan. La interdependencia  internacional y la ecua  distribución de los bienes  son  dimensiones fundamentales a tener en cuenta para afrontar la realidad de las migraciones. Somos invitados, así mismo,  a  estar atentos a los procesos de adaptación  al nuevo contexto social y cultural, a  fomentar la cultura del encuentro y  a  lograr el respeto mutuo  entre la diversas  identidades  culturales. Una cultura de solidaridad e inclusión con las personas migrantes y refugiadas que enriquezca a nuestras comunidades. Cuidando la hospitalidad como algo intrínseco de las comunidades cristianas, desde la cercanía vital a los más pobres,  incluso cuando se vea “amenazada la tranquilidad tradicional de las mismas ”, como señala el Papa. “Algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles (Hebreos 13,2)”.

“En la raíz  del Evangelio  de la misericordia,  el encuentro y la acogida se entrecruzan  con el encuentro y la acogida de Dios: Acoger al otro es acoger a Dios”  Así  termina el Mensaje del  Papa. Que la lectura atenta  del mismo    nos  dé luz y empuje  para hacerlo realidad  en cada una de nuestras Iglesias.

 

  1. APROXIMACIÓN A LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA SOBRE LA MOVILIDAD HUMANA
  2. Una “cuestión social” importante, de interés social, de actualidad

Importante lo es por el número de millones de personas desplazadas por los distintos países de mundo.

Es importante, sobre todo, porque se trata de la movilidad de personas, no de mercancías -aunque no rara vez quedan reducidas a eso y por el drama humano, personal, familiar y social que conlleva.

Un fenómeno de actualidad e interés social.

La opinión que se va extendiendo sobre los vínculos entre inmigración y delincuencia explicaría dos cambios de opinión de sentido inverso. Uno, el aumento año tras año del porcentaje de los que creen que hay que restringir la entrada de inmigrantes a nuestros países a los que tengan contrato de trabajo. Dos, disminuye el porcentaje de quienes piensan que toda persona, con su familia, tiene derecho a emigrar libremente para vivir y trabajar en el país que desee.

  1. Abundante, rica y provocativa la doctrina social de la Iglesia sobre los inmigrantes

Abundante es la documentación eclesial sobre el fenómeno y la pastoral de las migraciones no refiriéndonos más que a la época reciente.

Recordemos algunos de los documentos específicos de los Papas -León XIII: Quam aerumnosa (1888); Pío XII: Exul familia (1952); Pablo VI: Pastoralis migratorum cura (1969)-; de las Comisiones pontificias: para la Pastoral de las Migraciones y del Turismo:

La Iglesia y la movilidad humana (1978); para la Educación Católica: Il fenomeno della mobilità umana (1986); de la Conferencia Episcopal Española –Pastoral de las migraciones en España (1994)- y de las Comisión Episcopal de Migraciones.

Constantes son las alusiones a la movilidad humana, a la inmigración sobre todo, en documentos eclesiales: en los documentos del Concilio, de los Sínodos, de las Encíclicas de los Papas.

Mención especial merecen los Mensajes anuales con motivo de la Jornada mundial de las migraciones del Papa, de las Comisiones Episcopales de Migraciones… no tan conocidas y aplicadas como merecen. Palabras -criterios y denuncias, orientaciones y propuestas- no han faltado por parte del ministerio pastoral.

Ni tampoco ha faltado generosidad, imaginación y entrega por parte de numerosas comunidades eclesiales y de sus miembros así como de no pocas instituciones y asociaciones eclesiales.

No sólo ha habido doctrina, responsabilidad del magisterio, ha habido también obras por toda la Iglesia. Aquí cabría decir, sin que ello suponga estar satisfechos, que no hay biblioteca el mundo capaz de acoger, si se escribiera, la documentación de todo lo hecho.

  1. Características del fenómeno migratorio y su correspondencia con la doctrina social de la Iglesia

El fenómeno de las migraciones es, ante todo, complejo: en él confluyen y de él derivan factores y consecuencias de todo orden: económico, político, jurídico, cultural, religioso… para los países de donde proceden y para los países que los acogen; en el ámbito nacional y en el internacional. Pueden cuestionar, debilitar o fortalecer las raíces e identidad cultural y religiosa de cada pueblo. En la medida en que se acentúa la pluralidad cultural y religiosa se hace tanto más necesaria la integración cultural sobre valores unánimemente reconocidos o reconocibles. Es un fenómeno antiguo que obliga a hacer memoria del pasado y nuevo, con riesgos y posibilidades que obliga a la reflexión y a la acción, al diálogo y la colaboración para hacer posible el futuro deseable.

La evangelización de las migraciones, compleja por su objeto, revela la riqueza de los contenidos de la fe de la Iglesia, aviva la conciencia sobre su identidad y misión; provoca exigencias radicales, y ofrece tareas de complejas implicaciones económicas, sociopolíticas y culturales. Por poner sólo algunos ejemplos: el misterio de la Trinidad, fundamento de la comunión eclesial y de la vocación a la unidad de la gran familia humana, la identidad –una, santa, católica…- y la misión evangelizadora de la Iglesia, exigencias de fidelidad a Cristo identificado con los inmigrantes, conversión, amor preferencial por los pobres… y acciones tan complejas y comprometidas como el diálogo intercultural e interreligioso, la acogida de los inmigrantes y el anuncio explícito del  Evangelio, la defensa de sus derechos fundamentales y la denuncia cuando no son reconocidos, la colaboración con la sociedad y la crítica de actitudes y comportamientos xenófobos, insolidarios… Toda la Iglesia y todo lo de la Iglesia se moviliza como un coro y orquesta al interpretar el “evangelio del inmigrante”.

En definitiva: la enseñanza social ofrece luces sobre el fenómeno de las migraciones y recibe no menos de los inmigrantes. Es la llamada de Dios a su pueblo, de Cristo a su Iglesia desde los inmigrantes.

  1. Nueva actitud de la Iglesia ante el mundo

En un texto que podemos calificar como magistral, aunque lo sean otros, sobre el talante global de la enseñanza social de la Iglesia es, sin duda, el de la constitución pastoral Gaudium et spes4. El Concilio expresa su convicción sobre la ayuda que la Iglesia debe y  puede ofrecer a la sociedad. Pero asimismo reconoce que la Iglesia está persuadida de que puede recibir ayuda de la sociedad. 4 GS 40.

Habla el Concilio de la ayuda mutua, de intercambio y de colaboración entre la Iglesia y la sociedad. Es la declaración de una nueva actitud general de la Iglesia: de humildad y no arrogancia, de servicio y no de dominio, de oferta y no de imposición. Es la expresión del talante global de la enseñanza social de la Iglesia. Es asimismo clave para la comprensión de la enseñanza social sobre las migraciones.

El papa Juan Pablo II se hace eco de esta “humilde y confiada apertura” -reconociendo que fue inaugurada por el Concilio Vaticano II- con la que se esforzó en leer los signos de los tiempos”. “¡Cuánta riqueza –exclama- en las orientaciones que nos dio el Concilio Vaticano II! Es con esta admiración, tras la lectura de numerosos documentos del magisterio sobre la movilidad humana, con la que me dispuse al trabajo de esta ponencia.

  1. Algunas tesis de la doctrina social de la Iglesia y su aplicación al fenómeno de las migraciones

1) Legitimidad –derecho/deber- de la Iglesia para intervenir en el campo socio-político

La Iglesia coherentemente con su identidad y misión se siente obligada a respetar el estado de derecho y desea respetar igualmente la legítima autonomía del orden democrático. Pero se sabe con el deber y el correspondiente derecho de intervenir en la vida socio-política advirtiendo que la autonomía es relativa, (GS38) que ningún poder ni ordenamiento jurídico es absoluto y aportando su peculiar visión, a la luz de la fe, sobre la dignidad de la persona. “En esta precisa toma de conciencia –ha dicho el Papa recientemente- se basa el derecho deber de la Iglesia de intervenir ofreciendo la contribución que le es propia, y que hace referencia a la visión de la dignidad de la persona con todas sus consecuencias, tal y como se hacen patentes en la doctrina social católica”. Juan Pablo II: Mensaje a los participantes en el Congreso “¿Hacia una Constitución Europea?”. En toda política y legislación sobre inmigración subyace el concepto de persona y de sociedad que la inspira. Para la Iglesia todos, los del país y los extranjeros, con y sin papeles, todos son personas.

  1. APORTACIONES DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA SOBRE LAS MIGRACIONES

Después de esta mirada panorámica sobre la enseñanza social de la Iglesia vamos a adentrarnos en su contenido –que, insistimos, es contenido de la evangelización– siguiendo el método que propone y sigue el magisterio en sus documentos. La Iglesia, experta en humanidad, ofrece en su doctrina social un conjunto de principios de reflexión, de criterios de juicio y de directrices de acción para que los cambios en profundidad que exigen las situaciones de miseria y de injusticia sean llevados a cabo, de una manera tal que sirva al verdadero bien de los hombres. Congregación para la Doctrina de la Fe: Instrucción sobre libertad cristiana y liberación (1986).

Vamos a tratar de hacer este itinerario como andando sobre el mar.

1º. Análisis del fenómeno de las migraciones

Tres observaciones previas:

1ª. El análisis de la realidad es un momento obligado de la reflexión para la acción social de la Iglesia y de los cristianos. Necesario porque aparecen nuevos problemas y aspectos nuevos en los problemas no resueltos. Es importante en sí mismo –puede desmoralizar, convertirnos en meros espectadores, pero también puede y debe… despertar a la realidad, motivar sentimientos de solidaridad-. Es importante también para la confrontación con análisis distintos y aun contrapuestos. Importante en todo caso para valorar y para proponer las líneas de acción y compromisos que reclama la realidad. Así ocurre en el caso de la inmigración: la realidad es distinta según el momento, lugar y procedencia y situación familiar de los inmigrantes.

No es lo mismo la situación de un rumano, un magrebí, un colombiano o ecuatoriano… por poner sólo unos ejemplos. No es ni mucho menos indiferente la situación familiar del inmigrante.

No es nuestro propósito –es, además de imposible innecesario- resumir cuanto dicen los documentos del magisterio sobre los cambios globales y sobre las situaciones locales.

Recordemos sólo algunas observaciones de distintos documentos. Las sistematizaremos con el siguiente esquema: constataciones, desafíos, apuestas. Puede ser tan válido como otro. Este, recomendado por Juan XXIII en Mater et magistra se ha acreditado por la experiencia como adecuado para avanzar en la reflexión y la acción. No permitirá ver la coherencia con las orientaciones para la acción que presentamos más adelante. Por ese orden porque la realidad, observada desde presupuestos éticos y evangélicos, además de aparecer con asimetrías y contradicciones, luces y sombras, oportunidades y riesgos… adquiere un carácter significativo, indicativo.

Congregación para la Doctrina de la Fe: Instrucción sobre libertad cristiana y liberación (1986).

2ª. La mirada y lectura creyente de la realidad social que nos ofrece la enseñanza social de la Iglesia se sirve de las ciencias sociales pero tiene una características propias: cree, y se lo confirman los hechos una y otra vez, que va a encontrarse con el trigo y la cizaña, con múltiples aspectos positivos e innegables aspectos negativos, con riesgos y posibilidades, porque hay pecado y gracia; es una mirada apasionada que reconoce y conoce los rostros humanos que se esconden tras los números y que, como la de Dios, no puede contemplar el sufrimiento humano sin determinarse a bajar a liberarle; es una mirada esperanzada…

3ª. Es importante precisar, como así se hace en alguno de los documentos, y tener en cuenta lo que entendemos por emigrantes y refugiados.

Nos recuerdan los obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones en España, que cuando hablamos del inmigrante nos referimos a “aquel que por razones económicas sale de su patria para instalarse en otro país con la intención de ganarse la vida mediante su trabajo…. La inmigración en España, 7.

La determinación de emigrar –con el drama humano que supone- no es un arranque de vocación a formar una sola comunidad mundial –aunque esté presente- ni por curiosidad intelectual: es por necesidad y deseo: de liberarse de condiciones de vida insostenibles, de pobreza e incluso de violencia con la esperanza de participar del bienestar ya alcanzado por otros. Distinción importante para los interesados y relevante para su proceso de regularización. Por ser tan numerosos los primeros a ellos se refieren habitualmente los documentos del magisterio. La razón de la prioridad no es el número, sino la situación de necesidad que afecta a unos y otros. Así lo expresaron nuestros Obispos en el Sínodo de 1971: “Nuestra acción debe dirigirse en primer lugar hacia aquellos hombres y naciones que por diversas formas de opresión y por la índole actual de nuestra sociedad son víctimas silenciosas de la injusticia, más aún, privadas de voz. Así sucede, por ejemplo, en el caso de los emigrantes, que no pocas veces se ven obligados a abandonar su patria para buscar trabajo, pero ante cuyos ojos se cierran frecuentemente las puertas por razones de discriminación, o también, cuando se les permite entrar, se ven obligados tantas veces a una vida insegura o tratados de manera inhumana.”

 Analizamos el fenómeno de las migraciones y vemos a los inmigrantes con los ojos de la solidaridad y de la fe. Si a esto sumamos la identificación de Cristo con ellos, tendremos algunos de los elementos sociológicos, éticos y teológicos del “amor preferencial de la Iglesia por los pobres”.

  1. Desafíos y oportunidades
  2. a) Desafío ético

Si las desigualdades sociales constituyen un desafío ético, la convicción de que son una injusticia representa una oportunidad.

Las reivindicaciones económicas de muchísimos –decía el Concilio- son expresión de, que tienen viva conciencia de que la carencia de bienes que sufren se debe a la injusticia o a una no equitativa distribución. Reivindicaciones con remite y dirección. Los pueblos hambrientos –añadía el Concilio- interpelan a los pueblos opulentos.

En concreto la conciencia de la injusta desigualdad entre los países ricos y los pobres y los sentimientos generados por las circunstancias que concurrieron para tomar la determinación de abandonar sus países y sobre las dificultades y condiciones de vida en los países de destino –cuando los sentimos “próximos”- debe y puede traducirse en un compromiso por la justicia y la solidaridad. Las organizaciones internacionales tienen el cometido urgente de contribuir a promover el sentido de responsabilidad respecto al bien común para lograr una sociedad más equitativa y una paz más estable en un mundo que se encamina a la globalización (…). En definitiva, el desafío consiste en asegurar una globalización en la solidaridad, una globalización sin dejar a nadie al margen. He aquí un evidente deber de justicia, que comporta notables implicaciones morales en la organización de la vida económica, social, cultural y política de las Naciones.

  1. b) Desafío cultural

Todas las posibilidades de relación entre culturas se han dado en el pasado y pueden seguir dándose en el futuro: conflicto, tolerancia y mutuo reconocimiento. “Históricamente –dice el papa Juan Pablo II en uno de sus mensajes para la jornada mundial de la paz al que nos tendremos que referir más adelante-, los procesos migratorios han tenido lugar de maneras muy distintas y con resultados diversos. Son muchas las civilizaciones que se han desarrollado y enriquecido precisamente por las aportaciones de la inmigración. En otros casos, las diferencias culturales de autóctonos e inmigrados no se han integrado, sino que han mostrado la capacidad de convivir, a través del respeto recíproco de las personas y de la aceptación o tolerancia de las diferentes costumbres. Lamentablemente perduran también situaciones en las que las dificultades de encuentro entre las diversas culturas no se han solucionado nunca y las tensiones han sido causa de conflictos periódicos.

Hoy mismo pueden aducirse hechos significativos de los tres modelos. Se invoca el conflicto de civilizaciones para justificar o explicar atentados terroristas y respuestas bélicas. Las fortalezas y debilidades de la tolerancia, alma de las sociedades democráticas, pluralistas, se ponen de manifiesto cotidianamente en la acogida y en el rechazo de los inmigrantes procedentes de otros países de raza y cultura diferente.

Sin olvidar que hay que erradicar los conflictos, y más allá de la tolerancia, el desafío cultural de difícil comprensión mutua y de no menos difícil administración jurídica y social, es lograr la integración cultural: de la cultura o culturas de los inmigrantes y la cultura del país que les acoge: reconocer valores comunes, respetar los distintos, mantener la propia identidad, tal es el desafío que exige escucha, reflexión y diálogo.

  1. c) Desafíos eclesiales:

– Riesgos para la fe de los emigrantes y oportunidad para la evangelización.

La movilidad de un país a otro y aun dentro del propio país ha sido y sigue siendo un factor de riegos para la fe. Pero también una oportunidad. El emigrante necesita acompañamiento personal y comunitario para mantener su fe. Pero las migraciones han sido también ocasión para la personalización de la fe y para su difusión29. Hay que reconocer que el emigrante y exilado no son sólo objeto y beneficiarios de la solicitud de la Iglesia sino también partícipes y corresponsables en la vida y misión de la misma Iglesia que les acoge.

– Diálogo interreligioso:

“El diálogo interreligioso –ha dicho Juan Pablo II constituye uno de los desafíos más significativos de nuestro tiempo”. Las migraciones multiplican las ocasiones, pueden favorecer su desarrollo. Pero es difícil. Lo confirman hechos cercanos y menos cercanos, todos próximos en la sociedad actual. Si no siempre ha sido fácil el diálogo ecuménico ¿por qué habría de serlo en diálogo interreligioso?

– Oportunidad para repensar e impulsar la identidad católica y la misión universal de cada Iglesia particular.

La Iglesia, universal por vocación y misión, reconoce en las migraciones la llamada de Jesucristo a evangelizar a todos los pueblos. Las migraciones ayudan a la Iglesia a hacer y a ser lo que debe. La Iglesia cumple su misión y la misión hace a la Iglesia universal. Las emigraciones -ha dicho el Papa Juan Pablo II- han permitido a menudo a las Iglesias particulares confirmar y reforzar su sentido católico, acogiendo a las diversas etnias y, sobre todo, uniéndolas entre sí. La unidad de la Iglesia no se funda en el mismo origen de sus miembros, sino en la acción del Espíritu de Pentecostés que hace de todas las naciones un pueblo nuevo, que tiene como fin el reino, como condición la libertad de los hijos, y como ley el mandamiento del amor (cf. Lumen gentium, 9).

– Reducción del servicio a los inmigrantes: a la acogida y ayuda humanitaria

En la Novo millennio ineunte Juan Pablo II habla de dos tentaciones: la de reducir las comunidades eclesiales en meras “agencias sociales” y la de una “espiritualidad intimista e individualista”.

Ya en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones de 1997 decía lo siguiente: “El compromiso de la Iglesia a favor de los emigrantes y los refugiados no puede reducirse a organizar simplemente las estructuras de acogida y solidaridad”.

  1. Apuestas

La movilidad humana, como tantos otros fenómenos en que interviene el factor humano, tiene su cara y su cruz. Con otras palabras, según expresiones utilizadas en medios civiles y eclesiales: supone riesgos y oportunidades. En el reconocimiento de tales contradicciones se revelan ciertas demandas y se apuntan algunas respuestas. Son las apuestas con que terminamos la observación de la realidad.

1ª. Frente a una globalización excluyente: apuesta por la solidaridad humana y la caridad cristiana.

Lo que formulara el papa Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, que el hombre de nuestro tiempo escucha más a los testigos que a los maestros y si escucha a estos es por ser testigos, el papa Juan Pablo II lo refiere a la enseñanza social de la Iglesia y, en concreto al amor preferencial por los pobres: “Hoy más que nunca, la Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna. De esta conciencia deriva también su opción preferencial por los pobres, la cual nunca es exclusiva ni discriminatoria de otros grupos”. CA 57.

  1. Principios éticos

2.1. Principios éticos generales: dignidad de la persona, solidaridad, subsidiariedad

Principio fundamental de la doctrina social de la Iglesia es el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, a la luz de la fe, imagen de Dios, donde radica el binomio amor a Dios y al prójimo, y el deber de salvaguardarla siempre y en cualquier situación.

De este fundamento se derivan el principio de una cultura y ética de la solidaridad y el de subsidiariedad, vertical y horizontal, respecto al Estado y a la sociedad.

En virtud del primero “la doctrina social de la Iglesia se opone a todas las formas de individualismo social o político”. En virtud del segundo “a todas las formas de colectivismo”.

A la luz de estos principios puede ser crítica la doctrina social de la Iglesia no sólo con los sistemas sino también la sociedad del bienestar y con formas de cooperación y acogida en la que los inmigrantes son más que protagonistas destinatarios de nuestra solidaridad:

Miramos a los pobres no como un problema, sino como los que pueden llegar a ser sujetos y protagonistas de un futuro nuevo y más humano para todo el mundo. Congregación para la Doctrina de la fe: Libertad cristiana y liberación, 73.

2.2. Principios y valores para la “integración cultural”

Si la multiculturalidad es un hecho, o mejor, un proceso, la integración cultural es un proyecto. Pues bien, en los documentos del magisterio social de la Iglesia se reconoce la dificultad de la integración cultural. En múltiples ocasiones se hace alusión y apuntan los valores que, radicados en la dignidad de la persona, deberían garantizase. Porque no basta con reconocer la dificultad. Es necesario apuntar el contenido de lo “intercultural”, los valores fundamentales: lo necesariamente común, más allá de lo legítimamente diferente.

  1. a) En el ámbito socio-político

La Iglesia, Madre y Maestra, recuerda la dignidad de los inmigrantes y todos sus derechos. Pero también reconoce sus obligaciones. Recuerda asimismo las obligaciones y derechos de la sociedad que los acoge así como las obligaciones y derechos de las autoridades civiles.

No siempre se conjugan bien los derechos con los deberes. Más difícil todavía es evitar el conflicto entre ciertos derechos. Veámoslo en algunos casos concretos.

1ª. Limitar la inmigración.

Esta parece ser la defensa de las sociedades del bienestar, construir “muros” con la más moderna tecnología, para hacer frente a la “invasión” de quienes, con riesgo de sus vidas y a merced de redes criminales que explotan su necesidad, quisieran recoger las “migajas” de nuestro bienestar y, más aun, de nuestra seguridad. La Iglesia, que recuerda a todos el deber de acoger, sabe que todo tiene un límite y reconoce a la sociedad el derecho delimitar la inmigración y a las autoridades civiles el correspondiente deber de limitar la inmigración. Pero advierte lo siguiente “Aunque los países desarrollados no siempre están en condiciones de acoger a todos los que quieren emigrar, hay que notar que el criterio para establecer la cantidad de emigrantes que pueden entrar en un país no debe basarse sólo en la simple defensa del propio bienestar, sin tener en cuenta las necesidades de quien se ve obligado dramáticamente a pedir hospitalidad”. JMM 1993 –31/7/92. 

2ª. Evitar la emigración.

Es la opinión coherente con el análisis de las causas. La emigración es efecto de una llamada, la atracción del bienestar y la seguridad de los países de destino; y de una necesidad: huir de condiciones menos humanas e inseguras, de la pobreza, que es ya una violencia, asociada a veces a la violencia física. El efecto aumenta si aumentan las causas.

La emigración aumenta y es de esperar que aumente en la medida en que sean más las diferencias entre la situación económica y social entre los países ricos y los países pobres. Decía el papa Juan XXIII: “Juzgamos lo más oportuno que, en la medida de lo posible, el capital busque al trabajador, y no al contrario”. La emigración pone de manifiesto una inversión de valores. Efecto de la desigualdad entre los países y fenómeno creciente, en cuanto aumentan los desequilibrios económicos y sociales, exige una determinación: “la colaboración internacional para procurar un más fácil intercambio de bienes, capitales y personas”. Con expresión de Juan Pablo II que establece una perfecta simetría entre causas, criterio y opción: “La opción más adecuada, destinada a dar frutos consistentes y duraderos a largo plazo, es la de la cooperación internacional, que tiende a promover la estabilidad política y a superar el subdesarrollo”.

El derecho de limitar la inmigración no exime del deber de evitar la emigración o mejor sus causas. Prevenir, si no evitar, la emigración no es cuestión de generosidad; es de justicia, habida cuenta de la estrecha interdependencia entre las situaciones de unos países y otros.

3ª. Dignidad y derechos de los inmigrantes irregulares.

Los inmigrantes irregulares son personas de igual dignidad y con derechos irrenunciables aunque puedan ser de hecho ignorados y atropellados: “La condición de irregularidad legal no permite menoscabar la dignidad del emigrante, el cual tiene derechos inalienables, que no pueden violarse ni desconocerse”.

4ª. Los inmigrantes no son mano de obra barata y algo más que trabajadores.

“Con respecto a los trabajadores que, procedentes de otros países o de otras regiones, cooperan en el crecimiento económico de una nación o de una provincia, se ha de evitar con sumo cuidado toda discriminación en materia de remuneración o de condiciones de trabajo. Además, la sociedad entera, en particular los poderes públicos, deben considerarlos como personas, no simplemente como meros instrumentos de producción”.

La dignidad de la persona fundamento de todos los derechos del inmigrante que deben ser respetados por el país que los acoge y por las autoridades obligadas a respetarlos y hacerlos respetar.

5ª. Opinión pública y publicada.

La Iglesia y los cristianos han de estar atentos, vigilantes, ante el Estado, ante los medios de comunicación y ante la sociedad de la que forma parte: con el fin de que “la legislación relativa a la inmigración se base en el reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona humana”; no se utilicen intencionadamente los datos que relacionan criminalidad e inmigrantes; ni se les utilice como “chivos expiatorios” de dificultades a las que son ajenos.

En el ámbito eclesial:

1ª. Ayuda humanitaria y evangelización

El Concilio Vaticano II, pastoral, legitima las intervenciones de índole caritativo y social de la Iglesia, cuya misión propia no es de orden político, económico o social, sino religiosa, en su actitud de servicio al bien común –al servicio de todos- y especialmente al servicio de los más necesitados77. La Iglesia puede crear, mejor dicho debe crear… obras de misericordia u otras semejantes. En el marco de una sociedad democrática, plural – multicultural y plurirreligiosa, decimos ahora-, laica, no laicista, la Iglesia puede. No poder hacerlo sería arbitrario y discriminatorio. Pero además debe: le acreditan los pobres a cuyo servicio está por fidelidad a Cristo: a su misión y a su vida

Dos textos del mismo Juan Pablo II, uno de la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, de fecha 6 de enero de 2001; el otro del Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones del mismo año 2001, de fecha 2 de febrero, nos ofrecen una curiosa contraposición.

Tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como «en su casa». ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena nueva del Reino? Sin esta forma de evangelización, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del

Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras.

III. APORTACIÓN DE LAS MIGRACIONES A LA SOCIEDAD Y A LA IGLESIA

El Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et spes ha indicado tres puntos de encuentro, diálogo y compenetración entre la Iglesia y el mundo: la dignidad de la persona, la comunidad humana y la actividad de la personas y de la comunidad en el mundo, en la historia: Todo lo que llevamos dicho sobre la dignidad de la persona, sobre la comunidad humana, sobre el sentido profundo de la actividad del hombre, constituye el fundamento de la relación entre la Iglesia y el mundo, y también la base para el mutuo diálogo.

La Iglesia cree que puede ayudar al mundo dar un sentido más plenamente humano a la persona, a la comunidad y a la historia. Y lo hace cumpliendo la misión que le es propia: reflejando la luz que recibe de Dios, Cristo mismo –como la luna del sol- sobre la persona, la comunidad y la historia.

Las migraciones estimulan a la Iglesia a intensificar el diálogo con el mundo impulsando su colaboración y contribución específica: también sobre la persona, la comunidad y la historia.

1º. Historia: testigos de esperanza.

La creación entera gime aun hoy con dolores de parto (Rm 8, 23)

Los gozos y tristezas, las angustias y esperanzas especialmente de los pobres lo son de la Iglesia (GS 1)

Si ayer la gran cuestión era saber qué hacer, hoy parecer esta otra ¿por qué esperar? Esta parece ser la gran cuestión, aunque se plantee desde perspectivas distintas, como distintas son las situaciones de quienes nacen, sin elegirlo, en países del Norte o del Sur, o incluso en el Norte o Sur del mismo país.

Los inmigrantes son portadores de esperanza, de aquella esperanza contra toda esperanza, no exclusiva ni excluyente, que alcanza todo su sentido en la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

El futuro será de quienes tengan y sepan ofrecer una razón para seguir esperando.

Reflexión Mons. José Domingo Ulloa Mendieta osa

Arzobispo de Panamá

Presidente de la Conferencia Episcopal Panameña (CEP) y del Secretario Episcopal Centroamericano (SEDAC)