Semana del migrante: la solidaridad indiscutible de la Iglesia Católica

Por: Álvaro Caballeros

La Iglesia Católica le ha tendido la mano solidaria a los migrantes desde hace siglos y en diferentes contextos, desde la emigración italiana de 1887, fecha precisa cuando el misionero Juan Bautista Scalabrini, fundó la misión Scalabriniana, hasta la migración irregular centroamericana del nuevo milenio, los misioneros Scalabrinianos se han destacado por su profundo compromiso en favor de las poblaciones en movimiento, atendiendo a cientos de miles de migrantes en tránsito, refugiados, deportados e inmigrantes, justamente en el momento preciso en que se requiere de un pan, un techo, palabras de aliento y niveles de escucha.

La red Scalabriniana de Casas del migrante, instaladas en el corredor migratorio Guatemala México, (Guatemala, Tecún Uman, Tapachula, Nuevo Laredo, Tijuana) permanecen en el recuerdo de aquellos migrantes, porque gracias a ese apoyo inmediato, lograron hacer realidad su experiencia migratoria y conocieron otra arista del proceso migratorio: la solidaridad. O para aquellos que regresaron con las manos vacías, con una carga emocional de desprecio y abuso, encontraron en su regreso un espacio para recobrar la fuerza y la dignidad de volver a casa, con los sueños rotos.

De acuerdo a las tendencias y los procesos migratorios que han evidenciado a las poblaciones migrantes como el nuevo rostro sufriente de la globalización, otras órdenes de la Iglesia Católica tanto en Estados Unidos y México, Centro y Sur América como en el Caribe, Europa y África realizan un trabajo fundamental en defensa de los derechos humanos de las poblaciones migrantes.

En nuestra región es importante la experiencia del Servicio Jesuita para Migrantes, SJM, que desde hace más de una década desarrolla importantes esfuerzos a nivel de pastoral social, incidencia y teórica investigativa, aportando a la construcción de propuestas y políticas en pos de los derechos de las personas migrantes y sus familiares. En Centroamérica, el SJM realiza una intensa y diversa serie de gestiones, que poco a poco, y en articulación con otros sectores sociales, contribuyen a construir solidaridad y sensibilidad para con las poblaciones migrantes, a mejorar la interpretación y análisis del proceso y proponer políticas y programas que respondan a las necesidades concretas de los y las migrantes, en tránsito, que se quedan, que retornan o que van en busca de mejores horizontes de vida.

En México, algunos padres se han convertido en verdaderos paladines de losderechos humanos de las poblaciones migrantes, Flor María Rigoni, de parte delos misioneros escalabrinianos un crítico y sagaz defensor de las poblacionesmigrantes.

En la actual coyuntura de violencia y crimen contra las poblaciones migrantes centroamericanas ha trascendido el trabajo del padre Alejandro Solalinde, fundador del Albergue Hermanos en el Camino, en Ixtepeq, Oaxaca, quien debido a su férrea defensa de los y las migrantes, se ha ganado la animada versión de oscuros sectores, que van desde agentes corruptos, hasta los innombrables zetas que lo han amenazado, policías que lo han apresado y diversos sectores que lo han querido callar, pero puede más el amor por la vida y la solidaridad con los hermanos migrantes que las amenazas y represión oscura.

También es de destacar el trabajo solidario de las hermanas de diferentes órdenes, como las Hermanas Oblatas, que desde hace años tienden su mano solidaria y comprensiva a las mujeres víctimas de trata y de la explotación sexual, en la ciudad de Tecún Uman y otras zonas rojas del corredor de tránsito y trata de personas que comprende la frontera Guatemala-México.

En Guatemala, los misioneros Scalabrinianos se han convertido en los voceros de los y las migrantes, rostros como el de Aldo Pascualoto, Mario Geremías, allá por la década de los noventa, y en la actualidad los presbíteros Mauro Verzeletti, Ademar Barrilli, Francisco Pellizzari y Juan Luis Carbajal y su equipo de trabajo, se han constituido en un núcleo de profunda calidad humana y profesional que aportan en varios campos y espacios para el reconocimiento y respeto de los derechos humanos de los y las migrantes; desde la investigación, la comunicación, la incidencia y el acompañamiento directo, una parte importante de su día y su trabajo lo dedican a las poblaciones migrantes con el afán de cambiar este panorama gris, por uno más justo y feliz.

Para bien hay otros rostros de padres de la Iglesia Católica, comprometidos con las poblaciones migrantes, como el ya célebre y querido padre Ricardo Falla SJ, quien recientemente ha publicado valiosas obras sobre el tema migrante (El sueño del norte en Yalambojoch, AVANCSO 2012). También tenemos al Excelentísimo Monseñor Álvaro Ramazzini, quien migró de la Diócesis de San Marcos a la de Huehuetenango, y sigue su trabajo pastoral y político por la defensa de la vida, el territorio y las poblaciones migrantes: con Ramazzini, encontramos a un líder, a un padre, a un hermano migrante.

Esta primera semana de septiembre, dedicada a los y las migrantes: en, por, desde y retorno a Guatemala es un buen ejemplo que indica la coherencia que vemos en el trabajo de estos sectores de la Iglesia Católica, sus acciones condensan la frase: “Porque cuando un migrante es herido en su dignidad, toda la iglesia sufre” (Puebla 2003).

Sin tratar de hacer una lista exacta de las personas que le dan vida a este esfuerzo solidario, que implica grandes desafíos cotidianos, semanales, mensuales y anuales, MIGUA aplaude y valora la solidaridad indiscutible de la Iglesia Católica. Por ello, en esta primera semana de septiembre se une al júbilo, a la celebración de la liturgia y a la realización de diversas actividades que buscan poner en el centro del debate al sujeto migrante, al humano migrante, al hermano migrante.

 

AGOSTO 2012